16/5/16 | By: Alherya Bennet

Paraíso

Su piel, suave, parecía aterciopelada por la tenue luz del sol de la mañana, el cual entraba tímidamente a través de las cortinas. Como si de un bebé se tratara, dormía plácidamente en posición fetal. Con la yema de los dedos y con sumo cuidado, le acariciaba los labios; mis caricias parecían no interrumpir su profundo sueño.
Acto seguido, deslicé mis dedos hacia su cuello para llegar así a sus redondeados hombros. En ocasiones había acariciado sus débiles párpados, pero ahora no pretendía desvelarle.

Horas antes había estado furioso conmigo, pero ahora la tranquilidad que le otorgaba el sueño emanaba de él, inundando así la habitación. La paz y la calma, junto al aroma de las rosas y lirios del jarrón, hacían de la estancia un lugar idílico. El Paraíso de Adán y Eva, el Olimpo de los dioses. Mi paraíso.

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