8/11/16 | By: Alherya Bennet

La última melodía

Las estrellas cubrían el manto celestial, iluminado por la Dama Blanca y la Niña Azul. El campamento lo habían levantado miembros del Ejército Imperial, algunos del Cuervo Rojo y otros voluntarios. Aquella avanzadilla iba a marcar la diferencia, al menos en teoría. Si los gnolls atacaban Villadorada, ellos estaban en medio para detenerlos. Tras las horas levantando los muros y las tiendas para dormir, el Cuervo Rojo iniciaba su guardia. Su líder, Asmodeo, y una de sus miembros fundadores, Eliane, salieron del campamento para hablar a solas un momento. En la intimidad de un cálido abrazo, ambos arrugaron el entrecejo al oír un cuerno rompiendo el silencio de la noche. Se dirigieron hacia el lugar del que provenía el sonido, reuniéndose con otros que también salían del campamento, entre ellos su compañero Gael. Siguieron caminando hasta que dieron con la persona que lo había hecho sonar. Elegost y Santiago habían sido atacados por un gnoll, el cual comenzó a huir en cuanto vio a gente aproximándose. Gael no se lo pensó dos veces y corrió tras él. Eliane no lo dudó y siguió a su compañero. Aquellos seres amenazaban la seguridad de Villadorada y, lo más importante, la vida de su hijo. No sólo no quería dejar solo a Gael, sino que quería derramar la sangre de aquellos seres aunque fuera uno a uno. Ni siquiera escuchó a Asmodeo cuando le ordenó que fuera tras él, menos aún cuando les dijo que se detuvieran al adentrarse entre el follaje del bosque y el territorio de aquellas bestias. Gael pudo alcanzarle tras sacar su arco –el cual hubo de guardar para no disparar a su compañera por error– y Eliane no tardó en hacerlo también, pero la bestia se volvió hacia ellos con el escudo en alto, golpeándoles con todas sus fuerzas. La mujer sintió el dolor en sus brazos cuando se protegió con ellos, un dolor intenso que parecía entumecer incluso sus manos. Sin embargo, no lo dudaron; el muchacho usó su espada para golpear al gnoll y ella intentó clavar sus dagas en su cuerpo. El cuerpo a cuerpo no era lo suyo y las dagas no lograban atravesar la armadura, debía buscar su piel para atravesarla. Gael, si bien había vencido a Eliane en sus entrenamientos mostrándose un buen combatiente, no lograba acertar sus estoques ni tampoco defenderse de los golpes de la criatura. La mujer fintó en un par de ocasiones en las que logró herirla, pero no parecía ser suficiente. Escuchó tras ellos pasos y a alguien diciendo algo, pero era tanta la rabia que sentía contra los hombres-hiena que no prestó atención a las palabras, como si fuera ruido de fondo. Elegost logró colocarse tras la criatura y Asmodeo junto a Eliane, interponiéndose para defenderla. El silencio se apoderó del lugar durante unos segundos antes de que las risas resonaran en sus oídos. Habían caído en una emboscada, y lo habían hecho de forma estúpida. El silbido de las flechas cortó el aire. Los proyectiles ascendieron para clavarse en sus cuerpos, poniendo fin a la vida del gnoll al que perseguían. Asmodeo intentó proteger a la mujer con su cuerpo y las flechas no lograron herirle, pero no reaccionó a tiempo para evitar que dos de ellas se clavaran en el cuerpo de ella, obligándola a caer al suelo por el impacto y su cuerpo debilitado por la lucha contra aquel ser. No vio si Elegost y Gael también habían sido heridos, pero sí cómo un numeroso grupo de gnolls se acercaron hacia ellos a la carrera. Elegost se puso en pie y echó a correr mientras el grandullón la cogía en brazos para llevársela de allí, pero a Gael no le quedaban fuerzas para huir también. Su cuerpo había recibido toda la furia de los golpes del gnoll cuya huída habían cortado y no podía ni ponerse en pie. Eliane pidió a Asmodeo que dejara que otro cargara con ella y fuera a buscar al muchacho, pero era demasiado tarde. Los gnolls corrían tras ellos y un par se agacharon junto a Gael, pero no pudo ver más. La oscuridad de la noche, el follaje y los seres que les perseguían no le dejaron ver nada más. Quería gritar y llorar, pero no tenía fuerzas. El dolor lacerante de las heridas se le clavaba hasta en el alma, el cual había recibido un gran golpe también.

Cuando recobró el conocimiento, sus heridas habían sido tratadas. Su cuerpo ya no le dolía, al menos en comparación con el nuevo dolor que sentía ahora en el corazón, punzante y amenazante con no abandonarla. Las lágrimas no tardaron en asomar en sus ojos esmeralda y en lamer sus mejillas. Gael era como un hermano pequeño para ella. Alguien en quien confiar, en quien apoyarse, a quien cuidar y a quien proteger. El día anterior habían estado celebrando el cumpleaños de Asmodeo en su casa, habían reído, bebido y cantado al son de las notas del laúd del muchacho. Era un misterio cómo los hilos del destino les había unido para llevárselo tan pronto. Dolía demasiado recordar su risa o el rubor en su rostro. Aquello debía ser una pesadilla, un mal sueño del que parecía no despertar. El Cuervo Rojo no solo debía enfrentarse a los gnolls en una guerra que no había hecho más que empezar, sino a la primera pérdida de uno de sus miembros. Habían sido demasiado impulsivos, se habían dejado llevar por lo que sentían al lanzarse a la carrera contra aquel ser y habían pagado el precio; él con la vida, ella con el amargo recuerdo de perderle. No era el primer ser querido o compañero al que perdía, ni tampoco el primero del cual se sentía culpable, pero cada uno de ellos parecía doler cada vez más. Sin embargo, ya no había quien alegrara las noches con la música de su laúd. No había quien tocara una última melodía. Ahora cada uno de ellos debía afrontar su muerte de la mejor manera que supiera.

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